El Diario HOY, del día 7, traía una noticia cultural, «Estebanillo González, soldado y bufón» levanta el telón del Clásico de Cáceres.
«La programación del Festival de Teatro Clásico de Cáceres, sube el telón este jueves, día 8, con la primera de las representaciones; ‘Estebanillo González, soldado y bufón’, en el Gran Teatro por la previsión de lluvia».

Hace bastantes años, encontré un libro en la casa de mis abuelos, de 1945, y que reúne, yo creo, todos los que se conocen de ;»La Novela Picaresca» y uno de estos era, de un personaje pícaro, que tuvo que ver con Mérida, y que me era desconocido, y yo creo que para casi todos, a pesar de que en su época, fuera, este, el libro más popular, que el considerado, en la actualidad, el más significativo de la literatura picaresca; «El Lazarillo de Tormes». Y es que la «VIDA Y HECHOS DE ESTEBANILLO GONZÁLEZ. Hombre de buen humor. Compuesta por el mismo, » tiene una soltura y gracia, que no sólo te hace sonreir, es que además, da una imagen de la sociedad de su tiempo, que nos muestra, cómo era realmente la vida ciudadana a finales del XVI. Y describe las desgracias del personaje, con una soltura, y gracia, que hasta te parece cruel, el reirte.
El s. XVI, nos muestra en Mérida a una sociedad dinámica, con la fundación de Conventos, el levantamiento de Iglesias y ermitas, y la llegada de varias órdenes religiosas.

En la construcción del Convento de Santa Clara, nos encontramos con este personaje de la novela picaresca, que llega a Mérida, y comienza a trabajar en el Convento. Esta facilidad de encontrar trabajo, demuestra que la construcción de conventos, e iglesias, con todo lo que conllevaba de materiales, mano de obra, e incluso de artistas que las decoraban, y supuestamente, también de casas señoriales y viviendas ciudadanas, nos dan la imagen de una ciudad atractiva, para los que quisieran asentarse en la misma.

En el año 1602, el emeritense doctor López Sánchez de Triana, «médico insigne» y su esposa, fundan el convento de Santa Clara. Y allí encontramos a Estebanillo González, el hombre de buen humor, protagonista de la novela picaresca del mismo nombre, impresa en Amberes en 1646, y que en su época, tuvo un éxito superior a las demás. Y no es de extrañar, su sentido del humor, cercano, hace al lector sonreírse y seguir el relato de sus aventuras y desgracias con interés. En un pasaje, el autor, sitúa en una de sus alocadas aventuras, a este personaje en la ciudad de Mérida, trabajando en la construcción de la iglesia de Santa Clara, y así lo cuenta:
«Llegué a Mérida, puente y pasaje del memorable río Guadiana , adonde se acababa de fabricar un convento de monjas de Santa Clara; y por causa de haber falta de peones para su obra y por ir yo algo despeado (con los pies maltrechos). me puse a peón de albañil.

Dábanme cada día tres reales de jornal, y por juzgarme no tener malicia, no consentía la priora que ninguno, sino yo, entrase en el convento, a sacar la cal que estaba dentro dél para que se fuese trabajando. Ocupaba en esto algunos ratos, y todas las veces que entraba en el dicho convento iba delante de mí la madre portera tocando una campanilla para que se escondiesen y retirasen las religiosas; pero yo imagino que no estaban diestras en el son, pues antes parecía llamada, que retirada, pues sin bastar cencerrear, todas compadecidas de mi gran trabajo y de mi poca edad y de mi agudeza, en lugar de retirarse se acercaban a mí y me daban algunas limosnas, aconsejándome que volviera a mi tierra y no anduviese tan perdido como andaba.

Sucedióme en esta villa un gracioso caso, y fue que un domingo de mañana me llevó un labrador honrado a una bodega suya a henchir en ella un pellejo de vino para llevar a su casa. Entramos los dos a hacer la prueba del que fuese mejor, y habiendo hecho a puras candelillas un cirio pascual, me hizo tener la empegada (impregnada de brea) vasija, con un gran embudo que había metido en ella, agarrada con ambas manos. Iba sacando de la tinaja cántaras y vacinándolas en el cóncavo de botanas (f. Remiendo que se pone en los agujeros de los odres para que no se salga el líquido .) . y engendrador de mosquitos; mientras él volvía la cara a ir escudillando, ( echar líquido en una escudilla) me echaba yo de bruces en el remanso que hacía el embudo .y en el inter que él henchía su pellejo, yo reenchía el mío.
Atólo muy bien y echómelo a cuestas, para que gozara la bodega de ver cuero y pellejo sobre pellejo; y apenas lo tuve sobre mí cuando me derrengué y eché con la carga, cayendo en tierra, a un mismo tiempo, dos líos de vino y dos cargas de mosto.
Probó el labrador a levantarme , pero cansose en balde, porque sola la cabeza me pesaba cien quintales, demás de ser mi barriga segunda cuba de Sahagún (en varios relatos se hace referencia a la cuba de Sahagún «que llegó a ser la más grande del mundo, con una cabida de 30.000 cántaras (más de medio millón de litros) .Saltó a la calle, buscó un hombre que le sacara el pellejo, y cuatro que me sacasen a mí. Pusiéronme , a pura fuerza de brazos, de patas en la calle, no pudiendo sostenerme sobre ellas por haberme sacado de mi centro como atún a la puerta de la bodega, adonde no bastando inquietudes de muchachos, burlas de barbados y sacorros de calderos, dormí como un lirón todo aquel día y toda aquella noche y tuve a gran milagro despertar el lunes a las once. Hallándome lavado de fregados y espulgado de faldriqueras, (le quitaron todo lo que tenía, en los bolsillos) levantéme como pude y seguido de estudiantes mínimos y muchachos de escuela, me salí al campo, medio avergonzado, preguntando a los que me encontraban y se reían de mí.
Camaradas.¿por donde va la danza?»
Lo que vendría a ser- ¿Donde está la gracia?
Y tras esta aventura Estebanillo, abandona Mérida camino a Sevilla. No debió de haber escarmentado por lo que le había ocurrido en Mérida, más bien lo contrario, porque. » Detuvíme una semana en Cazalla, ayudando a cargar vino a unos arrieros de Constantina, a donde cada día cogía una zorra por las orejas y un lobo por la cola»
Hay una cerámica, en la pared del edificio del Consorcio, junto al Convento de Santa Clara, que nos recuerda la aventura de Estebanillo, en ese lugar.

Pero todo este panorama emeritense, cambiará. La guerra con Portugal terminaría en 1665, tras la batalla de Montes Claros, (que comenzó el 17 de junio) en donde el marqués de Caracena es derrotado, y los españoles, entre ellos, el emeritense Padre de Santa Catalina, son perseguidos y degollados o hechos prisioneros. Ante este desastre, España abandona la lucha y en 1668, por el Tratado de Lisboa, devuelve a Portugal todas sus posesiones y territorios, a excepción de Ceuta. Pero desde el 1644 hasta el 1668, Mérida que es casi una ciudad casi fronteriza, sufre las consecuencias directas de la guerra, como abastecimientos y paso de soldados, con todos los problemas que ello conllevaba, y que provocaron, que esa Mérida, pujante del s. XVI y que seguía creciendo a principios del XVII desapareciera.
Recordar la figura, de Estebanillo, alegre y expansiva, nos trae a la mente, uno de tantos altibajos de la historia de Mérida, en los que tras, un momento de esplendor, como en el s. XVI, vienen otros de caída, de la que tarda muchísimos años en salir.













