Leyendo uno de esos libros-Diarios que tanto me gustan, encuentro que en uno de ellos se cuenta que en una boda o tornaboda, un tipo -filósofo para más señas- se le acerca al autor de esos libros-Diarios -un escritor hiperactivo- y le dice:
“Escribes más que el Tostao”.
Yo, que me precio de escribir más que el escritor hiperactivo ese al que se refería el filósofo-cavilando, enseguida, avalado por mi humana curiosidad- preguntéme:
“¿Quién sería el tal Tostao ese?”
Buscando respuesta fuíme a internet y leí en un blog que: “Se utiliza la expresión ‘escribes más que el Tostado’ para indicar a alguien que sus escritos (ya sean artículos, cartas, documentos, mensajes…) son muy extensos e incluso para advertirle que escribe con demasiada frecuencia.”
Lo sabía.
Lo del Tostao no era un elogio, encomio, lisonja, loa, piropo o adulación, sino más bien un refinado insulto camuflado (será cansino el tío…), un dardo envenenado,
El Tostado (en Extremadura “El Tostao”) no era otro que Alonso Fernández de Madrigal, un erudito de la primera mitad del siglo XV, cuya obra literaria fue muy prolífica para la época.
En Wikipedia (¿Qué fue de nuestra curiosidad antes de internet?) añaden que Alonso Fernández de Madrigal, fue un afamado clérigo (Obispo de Ávila) que durante el reinado de Juan II de Castilla (padre de Isabel la Católica) trabajó como consejero del rey además de ocupar una cátedra en la Universidad de Salamanca. Encima, tenía tiempo de sobra para escribir a tutiplén.

El sobrenombre de ‘el Tostado’ lo heredó de su progenitor, Alfonso Tostado del que dicen, era de tez morena.
El Tostado dejó escritos numerosísimos tratados, publicando en vida alrededor de una treintena de libros de gran volumen y otras tantas obras póstumas, de ahí que surgiera la expresión ‘escribir más que el Tostado’.
Pero claro, no es lo mismo escribir en pergaminos (los del siglo XV se llamaban vitelas que se fabricaban a partir de la piel de becerros nacidos muertos o recién nacidos) como lo hacía el Tostao que como ahora que no hace falta ni papel para ponerse a escribir a lo loco.
Y es que la hipergrafía -esa enfermedad que consiste en no poder parar de escribir- no existía en aquellos años pues que se la inventaron dos neurólogos estadounidenses en la década de 1970.
Y eso que no conocían la vida de El Tostao. Ni la del autor de los libros-Diarios a que me refería al principio ni por supuesto, al más Tostao (casi quemado o churruscado) de todos, este que aquí antefirma, autofirma, autoafirma, firma, refirma, infirma, confirma, reafirma y afirma.
Fin.












