No dejaba de ser un chiste macabro que estas palabras se encontraran a la puerta de un Campo de concentración. Pero curiosamente la famosa maldición a Adán, cuando es expulsado del paraíso, “comerás el pan con el sudor de tu frente”, perdía su sentido cuando la mujer accede masivamente a un puesto de trabajo, y realmente se cumple el eslogan nazi: “El trabajo, os hará libres”.
La primera guerra mundial, constituyó un aldabonazo que hizo ver la injusta situación de las mujeres en el campo laboral. La ausencia de hombres en las fábricas, obligados a ir al frente, obligó a que fuera la mujer la que ocupara su puesto. Mas tras la finalización de esta, se produjeron varios acontecimientos que aquilataron, hasta hacerla sumamente injusta, la situación social y laboral de la mujer.
Por una parte, la ausencia de hombres, ya que la guerra los había barrido en los campos de batalla, y convirtió en solteras, a la fuerza, a dos millones de mujeres. Pero no era sólo este el problema, sino que estaba mal visto, que las mujeres conservaran el puesto de trabajo que habían tenido, hasta ese momento, ya que tenían que ocuparlo los hombres recién venidos de la guerra.
Pero la situación era francamente extraña, la mujer estaba educada para casarse y quedarse en casa, pero por otra parte no tenían con quien casarse, y por otra el hombre era el que tenían que aportar los ingresos para mantener a la familia, por lo tanto estaba socialmente mal visto que la mujer ocupara un puesto de trabajo que podría ocupar un hombre, ya que sobre él recaía la responsabilidad del sustento del núcleo familiar.

Sin embargo esta situación provocaba evidentes injusticias y un panorama que no se había dado nunca en la historia, la mujer que se había quedado desplazada y sola, debía de valerse por sí misma sin depender de nadie, y esto aceleró las conquistas sociales, reclamando los mismos derechos que los hombres. Así es que ocuparon laboralmente fábricas y oficinas, y siendo autónomas, comenzaron a reclamar los mismos puestos de trabajo cualificados que los hombres, rompiendo los viejos esquemas sociales y convirtiéndose en beligerantes, para la consecución del voto y de unas pensiones justas. Igualdad, emancipación y sufragio, se convirtieron en unas palabras y derechos a conseguir, tras los que se parapetaron muchas mujeres como si fueran barricadas en la lucha, por lograr lo que como personas merecían.
Resultan significativos, en el discurso de sus reivindicaciones, algunos panfletos en los que se dice: Lo que una mujer puede ser y todavía no tiene voto. Juez, enfermera, madre, médica, maestra o trabajadora de fábrica. Y debajo de estos dibujos, un letrero dice: Lo que el hombre puede ser y todavía no ha perdido el voto. Convicto, lunático, propietario de esclavos blancos, inválido y borracho.

En julio de 1848 se produce la “Declaración de Seneca Falls”, (“Declaración de Sentimientos”, le llamaron las congregadas) considerada como la primera convención sobre los derechos de la mujer celebrada en Estados Unidos, y el nacimiento del movimiento feminista. En ella las mujeres norteamericanas afirman que: “La historia de la humanidad es la historia de las repetidas vejaciones y usurpaciones perpetradas por el hombre contra la mujer…que la ha despojado de todo derecho a la propiedad, incluso a los jornales que ella misma gana… Ha monopolizado casi todos los empleos lucrativos, y en aquellos a los que se les permite acceder no reciben más que remuneraciones misérrimas…Se le han negado todos los medios para obtener una educación completa, cerrándole el paso a las Universidades .” A la vez que denuncian las restricciones, a las que estaban sometidas: No podían votar, presentarse a elecciones, ocupar cargos públicos, ni afiliarse o asistir a organizaciones políticas .

Es lo mismo que denunciaría Emilia Pardo Bazán en España: “El hombre ha ganado derechos y franquicias que la mujer no comparte.”
Llama la atención uno de los trabajos que desarrollaban las mujeres, cuya existencia, nos muestra; la situación de necesidad por la que pasaban muchas, ya que el abandono de niños en las instituciones públicas o en los conventos, implica una desesperación ante la imposibilidad de poder cuidarlos, y esto hizo que se acabara instituyendo el oficio de tornera, encargada de recoger a los que se depositaban en el torno, de su existencia y obligaciones nos dan fe diversos documentos.

El haber abandonado una tornera su puesto, por el “abandono de una niña”, le ocasionó en 1883 a dicha mujer dos meses de cárcel. Así como otra que en 1896, exigía la plaza del “Torno de Piedad”, alegando que estaba en posesión de título de tornera, del que carecía la que había, en ese momento, ejerciendo dicho trabajo, lo que indica que es posible, que se les diera algún tipo de formación, para hacer frente a las posibles situaciones que podrían encontrarse, particularmente de tipo sanitario y de cuidado de infantes, ya que las condiciones en las que se dejarían a los niños en el torno implicaría, con mucha frecuencia, situaciones de riesgo en la vida de los mismos.
Y no son de extrañar estos hechos. Cuando en Badajoz se producen posiblemente las primeras manifestaciones de mujeres contra la autoridad, no era la política, ni tan siquiera la consecución del sufragio lo que les movía, sino nuevamente, el hambre. En febrero de 1897, en plenos rigores del invierno, se dirigieron al Gobierno Civil pidiendo pan. La situación fue a más, y las manifestaciones de mujeres, en las que incluso proferían gritos contra los hombres, por no haberse sumado a ellas, y los asaltos a diversos almacenes de trigo, pidiendo que se rebajase el precio del pan, llegaron a tal nivel, que el gobernador, en mayo, acabó declarando “el estado de guerra”.
El código Civil de 1851, prohibió la búsqueda de la paternidad por parte de las mujeres embarazadas, pretendiendo defender a los hombres de las reclamaciones pecuniarias que les exigían, afirmando los juristas que estas mujeres que reclaman “son mujeres imprudentes que especulan sobre las gracias de su sexo y las pasiones del nuestro… escandalizan todos los días al público y a los Tribunales clamoreando un honor que jamás conocieron y pidiendo reparaciones pecuniarias, ( que era ) la sola causa y único objeto de su pretendida seducción; porque es muy notable que jamás se dejan seducir por un pobre”
El escritor y político extremeño Antonio Hurtado Valhondo, (Cáceres, 1824-Madrid, 1878) describe magníficamente el papel de la mujer y su comportamiento en la sociedad de su tiempo.
Así es la mujer de la Provincia de Cáceres, que vive en cierto modo aprisionada en esa cárcel que se llama casa por el individuo y pueblo por la colectividad; que tiene entretenimientos escasos y trabajos uniformes y monótonos; que, fuera de las ocupaciones caseras, apenas si sabe en qué distraer sus horas de hastío y de ocio, tiene tres grandísimas aficiones, a las cuales se entrega por entero en cuerpo y alma.
Primera: la lectura de novelas y la narración de cuentos maravillosos.
Segunda: las funciones de la Iglesia, en todas sus manifestaciones.
Y tercera: chismografía.
Con la primera, satisfacen las exigencias de la imaginación.
Con la segunda, la necesidad de asociarse alguna vez.
Con la tercera, la obligación de despellejarse siempre…
Pero lo que el lector no sabe quizás, es lo que yo voy a decirle.
A saber: que la mujer extremeña tal como es hoy, es la que mejor llena las funciones de madre…
Dios ha criado a la mujer para llenar cumplidamente esas funciones.

Y esta era la función, que la sociedad le había deparado a la mujer, ser madre, y esto conllevaba una forma de estar y ser de la que se deseaba no se la distrajera, ya que su cometido era casarse y tras hacerlo, su lugar era la casa, y su función en la vida, cuidar y educar a los hijos, el salirse de estos planteamientos, estaba mal visto, para trabajar y estudiar, ya estaban los hombres.
Estas ideas estaban tan arraigadas que incluso algunas mujeres, de mentalidad más abierta como Mercedes Vargas Chambó, (Siglo XIX) de la Logia masónica de Alicante, “Constante Alona”, lo defendían, como algo que no admitía discusión, y así lo escribía en la revista “Humanidad”.
“ La educación de la mujer ha de estar basada en la más sana moral; todos los conocimientos que haya de adquirir han de ir encaminados a hacerla fiel esposa y una buena madre. A nuestro modo de ver, no es lo más conveniente dedicarla a ciertas carreras científicas que para nada necesita. Si la mujer se dedica a la farmacia, a la medicina, al foro, ¿quién velará por sus hijos?¡quien representará como una buena madre la providencia de Dios sobre la tierra?
Pero la II Guerra Mundial, y la necesidad de que las mujeres ocuparan los puestos de trabajo, ante la ausencia de hombres, en ese momento, en el frente, asentarían una situación que aunque con los fascismos, se pretendió retornar, ya estaba tan arraigado en la sociedad y en la reivindicación femenina, hizo que tras siglos, se consiguiera un gran paso hacia la igualdad.












