La memoria se entrena trabajando la imaginación. Lo que aquí cuento ocurrió hace cerca de cincuenta años. Nada es exacto porque la memoria no lo quiere así. A pesar de transcurrir en pocos minutos, lo que sí quedó entre mis recuerdos (como dice Luz Casal) son las sensaciones, el olor a vaca y orina y las agujetas en los antebrazos.
VACAS
Aniceto tenía media docena de vacas.
De joven su establo de madera roída
había llegado a albergar más de treinta.
Blancas con manchas negras,
ubres llenas de bosta de vaca y barro,
ese era el día a día de Aniceto.
Aniceto salía de casa al amanecer,
torcía una esquina, bajaba unos metros
y a mitad de la calle entraba en un bar.
Era el primer bar que veía. Era la sed.
Bebía dos copas de Soberano de golpe,
Una y otra, casi sin respirar.
Luego pasaba bajo un puente de hierro,
llegaba a su establo bordeando
las dos orillas del río de siempre.
Ordeñaba las vacas asido a la calma,
Aniceto era viejo y requemado y
de cansancio, miraba al sucio suelo.
Cuando terminaba de ordeñar,
casi sin lavarse, su sombra era
el olor a calostro y a bosta húmeda.
Raudo, deseoso y a cámara lenta,
regresaba fugaz, a casa,
por la calle opuesta a la anterior.
En la primera esquina que encontraba,
nada más pasar los raíles
del puente de hierro, se detenía.
Era la hora de los vinos. Pedía un vaso.
Y otro y otro. Cinco o seis, a veces siete.
Retornaba a casa con mirada lenta.
Un día Blas, Eloy y yo, lo seguimos,
agazapados, hasta los tablones
de madera maciza robados a la RENFE.
Madera apretada con piedras ovaladas,
carbón duro que su hijo Blas
había rescatado de entre las vías.
Madera, carbón, paja, piedra y tierras,
formaban el irregular establo
dónde pacían las vacas de Aniceto.
Aniceto no hablaba mucho,
nosotros, espías recientes,
nos soplábamos el frío de los dedos.
Ese día, Aniceto puso una banqueta de tres patas,
debajo de las ubres gigantescas y verde,
ubres rozadas por la intemperie.
Ubres rosadas, de una vaca
medio asfixiada por moscas azules,
empadronadas eternamente allí.
Cuando Blas nos llevó ante su padre
me dijo, siéntate junto a la banqueta,
al lado del cubo de estaño.
Aniceto me dijo que agarrara
fuerte los pezones de la vaca,
aprieta fuerte y hacia abajo, dijo.
Medio mareado por el sudor de las vacas,
el zumbido de las moscas verdes.
El calor de la paja en los ojos.
Con los antebrazos en tensión
y la nariz mugrienta, de pronto,
sonó un chorro de orín en la arena.
La vaca, mi vaca, cual grifo de sifón,
creó un charco rancio de orina, leche y moscas
que me recordó la fragilidad de los sueños.
Yo continuaba apretando con fuerzas el pezón,
de allí no salía nada, pero de pronto,
del pezón como el dedo largo de un viejo,
surgió un chorrito de leche
que repiqueteó en el cántaro de estaño,
torciendo la mirada de Aniceto.
Enseguida Aniceto se apoderó del roñoso taburete,
agachó la cabeza, apretó el pezón
y con sed eterna, bebió de la vaca.
Luego los tres, Blas, Eloy y yo, los mejores amigos,
marchamos a ver pasar trenes, tirar piedras al agua,
comernos las horas y la inocencia.
Al día siguiente, yo tenía los antebrazos
como si fueran tres brazos,
y un dolor de cuatro días.
El olor nauseabundo de las vacas
permanece grabado como a fuego
esculpido en mi memoria.
Aniceto siguió su vida por bares cercanos,
un día triste, taciturno y sigiloso, murió,
Blas heredó las vacas y la dignidad.
Con doce años Blas se hizo dueño de su destino,
ordeñaba vacas, vendía leche por las casas
cargado con dos cántaras de estaño y distancia,
luego ya, no.
La inocencia de ojos inmensos, paso a paso
dejó sitio a la vida y los recuerdos son la luz
de Blas, Eloy y para mi infancia anhelada
y siempre por recomenzar.












