He pasado unos días en Sevilla en reuniones con el Padre, así llamamos en el Opus Dei a quien hace cabeza en esta partecita de la Iglesia, y vuelvo a mi Mérida con el corazón agradecido y el orgullo de pertenencia a esta familia de vínculos eternos, humanos y sobrehumanos. Para ir por el conducto reglamentario, llegamos avalados por Jesús del Gran Poder y su Madre, la Virgen de los Reyes, Esperanza nuestra, y, contando con estos apoyos, nada podía salir mal (y si algo hubiera importado… ¿qué pasa?) porque, si ponemos los medios, el resultado siempre valdrá la pena; si algo intento aprender en la Obra y, por lo tanto, en la vida, es que hacer siempre lo correcto es lo correcto y, aunque uno tiene la personal advocación mariana de “Fortaleza de los flojitos” cuento, siempre, con la ayuda de esta familia de los hijos de san Josemaría.
Yo miraba al escenario de las tertulias como quien mira al cielo, pues nunca encontraré un arco iris mirando al suelo, y veía allí al Padre y a muchos amigos insustituibles sin los que mi vida sería distinta, esa vida que no cesa y en la que noto, aunque a algunos les pueda parecer irreal, que los vientos son favorables para quien sabe a dónde se dirige (y lo reza).
Y en la Obra tenemos un rumbo, un camino y un Padre que nos anima a ser amigo de nuestros amigos, empezando por el Amigo que nunca falla, leales y una cierta manera de ser activistas, inconformistas, porque hay mucho que mejorar en este mundo, empezando por uno mismo. Y me recomendaba (aunque éramos muchos, yo me daba por aludido directamente) que cuando me cueste ver, me cueste entender, Dios es realmente el camino, la verdad y la vida, piense que el amor se manifiesta en la Cruz.
También me señaló la importancia de estar felices a pesar de las dificultades porque, aunque parezca contradictorio, se puede ser feliz con el dolor y el sufrimiento. Esto es algo que se puede palpar en la vida de san Josemaría: en sus últimos años tenía problemas de salud física y un enorme sufrimiento por la crisis en la Iglesia, y sin embargo los que estaban con él lo veían contento, feliz, con buen humor. No es que hiciera un esfuerzo especial con ellos, sino que estaba contento sufriendo, algo que sólo es posible en unión con Jesucristo. Más claro, imposible.
En la reunión familiar con los de la Escuela Familiar Agraria de Mérida y de Valdivia sentí que, en la vida, hay cosas que a uno le gustaría que pasasen lentas por la cercanía, cariño y atención que nos prestaba don Fernando y, cuando quise hablar, se me adelantó con un “Quiero daros las gracias por venir a verme”, cuando éramos nosotros los agradecidos por estar, tan a gustito, con él.
Y, mientras lo escuchaba, reverberaba por encima del cielo de La Cartuja aquello de las causas segundas que al buen Dios le salen de primera, como decía Pemán, pensando que, en eso, por tierras y mares, por valles y riscos, también se le parecen a san Josemaría sus sucesores.














Totalmente de acuerdo con su reflexión. Lo importante es eso. Realizar nuestro cometido en esta sociedad de acuerdo y coherente a los principios cristianos, que no son otros que el amor al prójimo.