He leído muchos libros de viajes, desde “Los viajes a la Alcarria” de Cela hasta “Las rosas de piedra” de Julio llamazares pasando por los viajes a pie de “Los cuadernos de tierra” de Manuel Moyano.
Y tengo pendiente muchos otros como el de la vuelta al mundo de Manuel Leguineche, uno sobre viajeras intrépidas de Cristina Morató, la Venecia de Jan Morris, cualquiera de V.S. Naipaul, que es el mejor escritor de los nombrados.
Tampoco he leído nada de Robert Kaplan y no me atrevo con las mil trescientas páginas de “Cordero negro, halcón gris. Viaje al interior de Yugoslavia” de Rebecca West o las seiscientas de “En el gallo de hierro” de Paul Theroux, al que disfruté mucho imaginando, bebiendo y sufriendo con los mosquitos de “Hotel Honolulu” de Hawai.
Y qué decir de los paseos de Vikram Seth por el Tíbet y Nepal. Tampoco me atrevo con el “Vagabundo en África” o “Billete de ida” de Javier Reverte, tal vez porque leí casi todo lo que dice que vivió Kapuscinski en África, su “Ébano” es del más alto nivel. Los libros de Kapuscinski yo diría que están casi a la altura de Naipaul -siempre hablo de las traducciones de sus libros- como ocurre con Lawrence Durrell.
Ahora leo “Los viajes” de Bruce Chatwin y es lo más de lo más. Fue muy criticado, casi tanto como Kapuscinski y por los mismos motivos, decían de los dos que inventaban, que era imposible que todo lo que contaban en sus viajes fuera cierto. A mí eso me da igual. Me hacen viajar con ellos cada vez que los leo. Y sin moverme del sofá.
Con algo de prejuicios -¿Qué se me había perdido en el sur de América?- empecé “En la Patagonia” de Chatwin. Sin darme cuenta hice el mismo viaje de norte a sur, entrelazando Chile y Argentina, espoleado por las palabras de Charwin, mirando de vez en cuando sitios en Google Maps o Google Eart, husmeando por Guanaco o Puerto Williams, que son las ciudades más australes del mundo, es decir, las más cercanas a la Antártida, tomando notas, conociendo gente que no sabía que podía existir. Ese libro me llevó muy lejos y me devolvió más rico en experiencias y vida, es lo que tiene leer.
Nada más terminar “En la Patagonia”, dude si ponerme con “Los trazos de la canción”, el siguiente libro de Chatwin. Cuando empecé a leer la historia de Arkadi Volchok, un ruso que estaba realizando una exploración cartográfica de los lugares sagrados de los aborígenes australianos, sabía que no podía parar. Ahora ando paseando por esa Australia de papel, con Arkadi y Chatwin -y eso que falleció hace casi 35 años- investigando las rarezas de las tribus aborígenes. Chatwin es de los mejores escritores de viajes que he leído.
Y es que leyendo puedes viajar incluso al pasado más remoto y vivir entre dinosaurios y los primeros homínidos, al futuro más próximo en «1984» de Orwell», a un mundo diferente si Hitler hubiera ganado la segunda Guerra Mundial como cuenta Philip K. Dick en “El hombre en el castillo”, dentro del cuerpo humano como en el «Viaje alucinante II» de Asimov o al centro de la tierra o perderte dando «La vuelta al mundo en ochenta días» con Jules Verne
Viajar y leer son un placer. Y es que si no se puede viajar por falta de tiempo o de dinero, para suplir esas carencias están los libros. O las revistas de viajes. En las bibliotecas abundan. Y son gratis.
Fin.












