La memoria es el mejor antídoto contra la postverdad, la mentira o la revisión interesada de la historia. Solo aquellos que ahorran culpas con la ocultación son proclives a la desmemoria. Ha hecho falta el paso de ochenta y cinco años para recuperar colectivamente la memoria de Ángel Barrios, alcalde desparecido con su asesinato en Plasencia, desde 1937. Nadie volvió a nombrarlo. Con un manto de silencio se enmudeció su nombre y su fusilamiento. Como la de él, tantos y tantos hombres y mujeres que murieron por defender la constitución legítima de la República.
Pero es inexorable que los círculos de la historia terminan cerrándose por mucha ocultación, silencio, miedo o represión que se ejerza. Las leyes físicas de la naturaleza actúan a favor de la historia y la ley de la gravedad hace que la verdad caiga por su propio peso, o que termine emergiendo como la punta de un iceberg por el principio de Arquímedes.
Ha hecho falta el tránsito de ochenta y cinco años; desde que Encarna Gómez, esposa de nuestro alcalde hervasense, tras sentir que la barbarie del plomo cayó sobre su marido, tomó de la mano a sus cuatro hijos pequeños y marchó a Bilbao, huyendo de la rabia yo de los capotes de muerte. No es necesario decir que para seguir viviendo, tuvo que partir de menos cero. Una mujer y cuatro hijos. Soledad, memoria y el abrigo que fue para ellos. Y siguió la vida y sus hijos sembraron otros hijos que volvieron con los suyos a Hervás y a Plasencia, tratando de recomponer un puzle deslabazado sobre la vida de su abuelo.
Esta familia extremeña, pasados los años, por aquellas leyes de la naturaleza del paisanaje y el afecto, se cruzó en los años setenta con otra familia que emigró a Bilbao: la saga de maestros de los hermanos Sánchez Marín. Todo esto viene a cuentas porque Antonio, el mayor de estos hermanos, autor del libro, “Plasencia en llamas (1931-1939)”, ha sido, sin duda la argamasa, que ha alimentado la concreción del homenaje a D. Ángel Barrios.

La confluencia colaborativa de muchas personas hizo el resto. Francisco Moriche, con sus investigaciones sobre recuperación de la memoria en “Represión, silencio y olvido. Memoria histórica de Hervás y el Alto Ambroz”, Ángel Olmedo y J.M. Corbacho con sus trabajos a través de la más que necesaria Asociación para la Recuperación Memoria Histórica de Extremadura, hicieron posible que en el salón de Plenos del Ayuntamiento de Hervás se escribiese negro sobre blanco el reconocimiento para siempre de un alcalde hasta ahora, desaparecido. Su foto, la única que nos queda de él, ya preside el templo democrático del municipio. ¡Gracias!
En Plasencia, desde su asesinato en el Campo de Tiros, su cuerpo se encontraba, junto con muchos más, en una fosa común fuera del cementerio hasta que la alcaldesa Elia María Blanco propició una sepultura digna para todos ellos.
Aquellos que trabajan por la memoria nos recordaron que el apellido de nuestro alcalde que figuraba en la lápida no era el correcto y Antonio Corralejo, lo subsanó. Javier Garcinuño, leyó una hermosa carta de la senadora por Jaén, Micaela Navarro y su nieta Ana, nos emocionó con su poema: “No entendieron que la huella no la deja la pisada, sino el rastro del que pisa cuando la deja arraigada. Orgullosa estoy de ti, honrado y comprometido de que corra por mis venas la sangre de tu apellido.”
Tras la ofrenda en el cementerio, nos trasladamos con todos los familiares al monolito del “Parque de los Pinos”.
Allí, una mujer de noventa años, hija de otro represaliado como Jeronimo Ojalvo, había acudido a la cita con todos sus hijos para hablarnos de la necesidad de recordar. ¡Admirable ! Una lápida instalada en el 2003 por Izquierda Unida recuerda a los presos republicanos que, estando encarcelados en la plaza de toros de Plasencia, fueron obligados a trabajos forzosos antes de morir. Por cierto, no estaría de más que en estos tiempos democráticos se cuidará y adecentará, desde el Ayuntamiento, un espacio para el recuerdo y la memoria.
Sería difícil describir los sentimientos de estos nietos y biznietos al recorrer los espacios por donde su abuelo pasó su último año de vida, pero para todos los que hemos tenido el honor de participar en este homenaje, nos dejan el orgullo de quedar vinculados para siempre con una familia especial y modélica. Ya sienten que tienen una segunda tierra donde volver, porque siempre fueron de los nuestros y nosotros de los suyos. Ochenta y cinco años para restituir la dignidad de un hombre culpable de luchar por la justicia, y de su mujer, culpable de compartir con él, una vida plena de igualdad y amor. ¡Sin rencor, pero sin olvido!












