Lo que me ocurrió ayer, aunque una tontería, fue sorprendente por inesperado.
Allá por el verano de 1980 u 81, cansado de no poder sacarle más velocidad a mi BH (lo que más me gustaba era lanzarme con ella sin frenos, calle Calvario abajo, cruzar sin mirar la Marquesa de Pinares, rebotando entre los dos pares de raíles de las vías del paso a nivel y acelerar por el puente romano del Albarregas, dejando de pedalear para comprobar que llegaba, cuesta arriba, a la altura del Tabarín y a veces, hasta el cementerio, cien metros más arriba), yo lo que quería era una bici de carreras.
Se la pedí a mi padre. Mi padre me dijo que me la comprara yo, que si lo hacía él, tendría que adquirir una bici para cada hijo y no había sitio en casa para cinco bicis. Ni dinero, claro, pero eso no se decía. Le dije que la paga no me daba tanto de sí. Me dijo que trabajara. Dónde. Le dije. Acabo de ver que en un bar había un papel en la puerta donde decía que se necesita aprendiz. Contestó mi padre.
Allá que fui. Era el bar Marcelino, en la esquina del cruce entre la calle Calvario, la Marquesa de Pinares y el paso a nivel con barreras que yo tanto conocía.
El bar Marcelino era el más moderno de Mérida. Tenían lavavajillas, barríamos el suelo echando serrín antes y parabólica con aparato de vídeo incorporado. Gracias a la parabólica veíamos películas extranjeras o vídeos musicales y no solo la Uno o la UHF.
De la parabólica viene lo sorprendente e inesperado que comenté al principio. Cuando había menos gente, solíamos poner un programa de vídeos musicales. Uno podía encontrarse con el “Sin, sin amor” o el “Aire, soy como el aire”, de Pedro Marín, el “Háblame de ti” de los Pecos, “Linda” de Miguel Bosé, algo de Julio Iglesias o no sé qué de Leiff Garrett o de Anita Tikanan.
Un día que andaba llenando el mostrador de tazas de café -con sus cucharillas y sus terrones de azúcar cuadrados-, para el día siguiente, pusieron una canción que me impactó. Hay que decir que yo era un adolescente quinceañero. La cantante era una tal María nosequé.
Pasó el tiempo. Dejé el bar porque llegaron septiembre y segundo de BUP, pero la canción no se me iba de la cabeza. Me acuerdo hasta de comprar el Superpop y el Nuevo Vale en el quiosco del “gitano” de la calle San Francisco, con la excusa de que eran para mi hermana. Y no. Nunca supe de quien era esa canción. Con los años la fui olvidando aunque a veces me acordaba de ella. La buscaba en los boletines de Discoplay, escuchaba los a 40 Principales en la radio por si acaso, pero nada. Y más tarde en internet escribía María Medeiros, María “cantante” y tampoco. Hasta que ayer ocurrió. Casualmente, en un mix de Youtube salió una canción de los años ochenta y luego otra. Y luego una tercera, esa, la que llevaba -inconscientemente- buscando desde hace más de cuarenta años. Aquí estoy tarareándola. Se trata de “Mi joven profesor de amor” de María Veranes. No sé si la canción vale mucho o no, pero sí sé el valor que tiene para mí, que llevaba toda la vida esperándola. Aquí ando tarareando “Mi joven profesor de amor, mi experto en saberme amar. Contigo todo es especial. Lo más extraño y natural, por tu cuerpo me dejo llevar hasta el final…”
Claro, yo era el profesor y ella, María Veranes se refería a mí, a mis quince años.
Con el dinero que saqué trabajando tres meses en el bar Marcelino, compré una Alzania Razesa. Era mía.
Y una canción que regresó a mí, llena de vida, más de cuarenta años después.












