Cuando trabajé en el bar M tenía dieciséis años. Lo que peor llevaba no era hacer muchas horas o sacar a los perros pastores alemanes de los jefes cuando había acabado mi jornada laboral y era noche cerrada. Lo peor, sobre todo los primeros días, era decirles a los clientes que se apartaran porque tenía que barrer el suelo.
Me daba corte molestar -estaba en la edad del pavo- a los que estaban sentados en sus taburetes tomando un café, una caña o un vino de pitarra.
Recuerdo salir de las entrañas del bar con escoba, recogedor, un paño seco y otro húmedo y mi cubo cargado de serrín en ristre y lo primero que hacía era echar serrín en el suelo.
En aquellos años -hace 43- los clientes -por las mediodías solo hombres, por las noches, familias enteras o grupos de bebedores impenitentes- tiraban todo al suelo. Cuando digo todo me refiero a restos de gambas, pellejos de los salaítos, los boletos no premiados que se jugaban en todos los bares en unas rifas peculiares y que dejaban el suelo lleno de montañas de trozos de papel azulado, colillas de cigarros, puros medio enteros, palillos, servilletas arrugadas, cáscaras de cacahuetes, huesos de aceitunas, escupitajos o cervezas vertidas que dejaban el suelo pegajoso, de ahí que tirara de serrín después de haber barrido los boletos y que fueron sustituidos por las máquinas tragaperras de palanca.
Después de quitado todo el serrín fregaba con gran brío y dejaba el bar brillante como los chorros del oro.
Cuando en el título de este artículo, post, entrada de Diario o como se quiera nombrar, hablo de mujeres de la limpieza lo digo con conocimiento de causa. Después de muchos años observando esa intensa, importante e ingrata labor, sé que la mayoría del personal de limpieza está formado por mujeres; como excepción conozco a un chaval, gran profesional de la fotografía que es limpiador.
Lucía Berlín en su libro de relatos “Manual para mujeres de la limpieza” que fue limpiadora, aparte de telefonista y enfermera, y sabe de qué habla, lo cuenta mejor que yo.
Lo mío es solo una especie de homenaje a estas personas que a veces parecen invisibles (¿quién saluda a los «barrenderos» y jardineros cuando se los cruza por la calle?) pero que hacen que nuestra vida burguesa, occidental, capitalista, en esta sociedad del bienestar que dicen que vivimos, sea bastante mejor.
Bastante mejor incluso personas que comentan que en la vida de antes era mejor. A saber cómo le iba a cada cual.. Ahora la gente -de mi entorno, que es la que tengo más a mano- suele ser consciente de que las limpiadoras -las hay con estudios, con hijos, con estudios e hijos, con estudios, estudiando y con hijos…- son personas importantes y necesarias.
Es más, gracias a ellas, a varias mujeres de la limpieza que he conocido, he aprendido a limpiar los cristales con papel de periódico, a utilizar el secador de pelo para las manchas de humedad de la pared y del suelo y cosillas así y hasta a airear las habitaciones o a barrer hacia adentro -esto lo aprendí en el bar- para levantar el menor polvo posible.
Gracias por todo.
Nota final: Después de una semana en el bar ya conseguía que la clientela se levantara o se moviera de los taburetes sin que dijera nada ni tuviera que levantar, amenazante, la escoba. Esto no me lo enseñó ninguna limpiadora, fue mi instinto, mi orgullo, la confianza y el saber estar, ser y hacer.
Fin.












