El otro día, en “La abuela Aleja”, una pollería peruana cercana a la calle Marcelo Usera en Madrid, mientras MJ bebía chicha morada -refresco de maíz, dulce, con sabor a canela y que se bebía en los Andes hace tres mil años- y yo probaba una Pilsen Callao, cerveza peruana de sabor potente y adictivo, me acordé de un libro que leí en mi adolescencia titulado, “El mundo es ancho y ajeno” de Ciro Alegría
Del libro y de que cada día soy más ignorante, no como la mayoría de las personas con las que hablo, cuya asombrosa seguridad en cualquier tema a tratar, me entretiene, me da envidia y me acongoja. Lo reconozco.
Hace poco mi hija me pasó un pequeño diccionario japonés titulado “Hanakotoba. El lenguaje de las flores”, recopilado por Alex Pler.
Mientras me lo prestaba me dijo que en ese librito hay palabras que con pocas letras, dicen mucho.
Yo conocía un par de ellas como Hikikomori -Alguien que decide encerrarse en su habitación para siempre- y Sundoku o Tsundoku -acumular libros y más libros sabiendo que no podremos leerlos todos jamás- y sabía que existía otra, pero no su significado: Wabi-Sabi, que es la forma de vida de muchos japoneses y que es la aceptación feliz de que todas las cosas son imperfectas y efímeras en este mundo, reconociendo que precisamente eso las hace más bellas.
Buscando una palabra japonesa que me sacara del atolladero en el que me estaba metiendo mientras escribía este artículo, salí a dar un Ginko -paseo en busca de inspiración-.
Al llegar al Albarregas encontré un Kawa-akari, que no es otra cosa que “los destellos de un río al atardecer, manifestándose como por arte de magia en medio de la oscuridad”.
Enseguida regresé a casa. Pensé que me había convertido en un Mikkabuzu que en Japón es una persona que se cansa enseguida de las cosas o que ante un reto se rinde demasiado pronto.
Pero yo soy constante. En mi despacho encendí el ordenador. Busqué la relación existente entre Perú y Japón ya que me pareció ver en “La abuela Aleja”, algunos rostros peruanos con rasgos orientales.
Y sí. Leí en Wikipedia que “El Perú fue el primer país en la región que estableció relaciones diplomáticas con Japón en 1873”.
Y también que en 1821, Perú declaró su independencia de España mientras que, a mediados del siglo XIX, Japón abrió sus puertas y estableció relaciones diplomáticas con varios países, entre ellos, Perú.
Al final, y después de seguir profundizando en mi ignorancia, me di cuenta de que “El mundo es ancho y ajeno”, como decía Ciro Alegría, tanta que, lo reconozco, hasta tuve que buscar en un mapa para situar a Perú.
Luego, en el diccionario japonés, indagué en alguna palabra que definiera mi indefensión ante tantas personas que conozco cuya asombrosa seguridad en cualquier tema a tratar, hacen que me corroa la envidia (es un decir), pero nada.
Eso sí, yo siempre quise ejercer con mis semejantes el Omotenashi que es para los japoneses, la hospitalidad en su grado más alto: servir a los demás sin esperar nada a cambio, siempre con una sonrisa y una palabra amable, haciendo el mejor uso posible de mi kokoro: el yo más íntimo: allá donde se funden el corazón, el alma y la mente.
Sí, pero a ser posible, mejor con una Pilsen Callao que con chicha morada.
Fin.












