Leyendo una entrevista que le hacían a un afamado psiquiatra, contaba algo sobre algo llamado “lo racional irreflexivo”. Ponía de de ejemplo a un fumador. Decía que lo suyo, lo de fumar, es “racional irreflexivo”. Algo así como que la persona (cuando le interesa subconscientemente, esto lo añado yo) cuando fuma se convierte en dos: uno es el que fuma y otro es el que -si le ataca un cáncer, que no tiene por qué- no reconoce o asimila la relación entre un asunto y otro.
Ese ejemplo sirve, decía, para el alcohólico, para el que no ahorra para su vejez o para el que de joven hace siete horas de deporte al día y que de mayor tiene las rodillas y las articulaciones destrozadas (esto también lo añado yo).
Leo a psiquiatras, a sociólogos, a antropólogos, a escritores, historiadores, filósofos, periodistas, de cualquier cosa que el gran médico, psiquiatra y escritor Oliver Sacks decía que mejorara la vida del “sujeto humano que sufre y lucha”.
En uno de los muchos análisis clínicos que ha dejado plasmado en libros Oliver Sack, contado habla de una mujer, antigua química investigadora, que sin previo aviso experimentó un asombroso cambio de personalidad.
De ser seria y responsable, de pronto empezó a ser chistosa, superficial, no se preocupaba por nada. En principio le diagnosticaron hipomanía que, según leo (ya digo que no tengo ni idea de estos asuntos por lo que cuando escribo mi inseguridad -y mi respeto a los psicólogos y psiquiatras- es palmaria) es algo así como una excitación excesiva debida a un trauma o a un medicamento (todo esto lo dejo en el aire, insisto y lo añado para continuar con el relato) que puede tener alguna relación con la bipolaridad.
Lo que la antigua química investigadora tenía era un tumor en el cerebro. Cuando la trataron -antes de saber lo del tumor-, empezó a no distinguir entre derecha e izquierda, pero por lo que contaba, a la mujer le daba igual todo. Le daba igual que una mano fuera derecha o izquierda. O que su cara tuviera dos lados. Nada significaba nada. Las palabras mano, doctor, hermana, silla, todas, empezaron a dejar de tener sentido para ella. Y lo contaba como si fuera un chiste, entre risas.
En la comunicación no verbal (un asunto interesante) veían que algo no iba bien. Su cara no gesticulaba ni cambiaba según hablaba. Y seguía a lo suyo. A ella nada le resultaba real o irreal. El mundo, para ella, era insignificante.
Seguía siendo muy inteligente, pero se había convertido en una pasota. Ya no era ella, no era para lo que se había preparado y estudiado toda su vida.
Los psiquiatras que la trataron -que aún no sabían que todo lo producía un tumor en el cerebro-, pensaban que podría ser que estuviera gastando una broma que ya duraba demasiado hasta esquizofrenia.
Oliver Sack cuenta que rebuscando en sus notas, encontró una de una paciente con esclerosis cerebral múltiple que había padecido lo mismo que la mujer química investigadora.
En ambos casos era como si el mundo se hubiera reducido a un caos perpetuo. Tanto la paciente de esclerosis cerebral como la que tenía un tumor en la cabeza hablaban mucho y sin sentido, aburrían y cansaban a quienes tenían alrededor, se hacían constantemente las graciosas, se reían sin venir a cuento…
Sus capacidades intelectuales seguían intactas, pero era como si hubieran perdido “el centro de la mente”, el mundo para ellas era una estupidez y ya no servía para nada.
Y yo, como leo a psiquiatras, a sociólogos, a antropólogos, a escritores, historiadores, filósofos, periodistas con la intención de mejorar mi entorno, cualquier entorno, el de las personas que sufren y luchan (ya estoy moralizando…) y para olvidarme de que al principio “me metí” con los fumadores, los alcohólicos, los adictos a los ejercicios físicos (como si cada uno no tuviera suficiente con sufrir lo suyo..) digo que lo mío (tanto leer, tanto escribir, tanto vivir), lo de tantos, también puede entrar en el ámbito de lo “racional irreflexivo”, que a saber qué quiere decir.
Fin.












