Hace poco terminé de leer una historia de un fin de fiesta. En ella, los fines de semana eran una orgía de alcohol, drogas y sexo. Hasta que llegó el SIDA. Eran los años noventa del siglo pasado. El SIDA, una infección (un virus) que con los años (y muchas personas fallecidas) supimos que su transmisión podía prevenirse con el uso adecuado del preservativo al momento de tener relaciones sexuales.
Aún recuerdo que a principios del año 2000, Benedicto XVI dijo -en un viaje que hizo por África- algo así como que la solución contra el SIDA no eran los preservativos, sino que todo tenía relación con la moral, la promiscuidad y los cambios de hábitos (creo recordar). Y lo dijo en África (donde morían seis mil personas al día a causa de esa enfermedad). Pero esa es otra historia.
Aunque parece que el SIDA no existe (ya nadie habla de ello) según datos de ONUSIDA de 2020:
-28,2 millones de personas tenían acceso a la terapia antirretroviral.
-37,7 millones de personas vivían en 2020 con el VIH en todo el mundo.
-1,5 millones de personas contrajeron la infección por el VIH ese año.
-680.000 millones de personas fallecieron a causa de enfermedades relacionadas con el SIDA también en 2020.
-79,3 millones de personas contrajeron la infección por el VIH desde el comienzo de la epidemia. 36,3 millones de ellas fallecieron (por la Covid-19, según la OMS murieron unos 15 millones).
Cuando empezó a conocerse el SIDA en España hace más de treinta años, ocurrió que pasé un mes en la cuarta planta del Hospital de Mérida por cuestiones que no vienen al caso (nada que ver con el SIDA).
Mientras que cada habitación de la cuarta planta del hospital estaba ocupada por dos personas (cada uno en su cama), en una de ellas había una sola. No teníamos ni idea de quien era, pero en la planta todo el mundo sabía que tenía SIDA. Nos enteramos, aparte de porque nos lo dijo una enfermera, porque en la entrada de la puerta de la habitación dónde yacía postrado y flacucho habían colocada una bolsa de basura de color rosa, mientras que las nuestras eran de color azul oscuro.
Cada vez que alguien del personal no sanitario tenía que pasar por la puerta de la habitación del «apestado» (en la Edad Media sería considerado como un leproso, lo peor de lo peor), lo hacía -ayudado por la suma de ignorancia más miedo- a toda velocidad y arrimándose a la pared de enfrente. Por si acaso.
Por aquella época se decía que si pasabas cerca de una persona con SIDA y el enfermo tosía, te contagiabas. Y morías. También si un «sidoso» (dígase con acento «desagradable»: eran considerados unos viciosos y unos degenerados que tenían lo que se merecían…) te abrazaba, besaba o rozaba y te pasaba algo de sudor o saliva, estabas sentenciado. Luego se supo que el SIDA se transmitía y transmite exclusivamente por la sangre o el semen.
Una vez alguien dejó la puerta abierta de esa famosa habitación de la cuarta planta. Como estaba casi enfrente de la mía, me di cuenta. Enseguida me asomé dentro más por curiosidad que por valentía. El que estaba tirado en la cama consumido por el SIDA era un “conocido” yonqui de Mérida. Uno de esos de «los de toda la vida» convertido en un puro esqueleto. Una auténtica piltrafa humana al que le quedaba poco de vida.
Pasó el mes, el sidoso hacía días que había muerto. Salí del hospital curado y con muchas historias que contar. Algunas deprimentes, otras enriquecedoras.
Y en definitiva, no hablar de un problema (el SIDA en este caso) no significa que no exista. O que sea un fin de fiesta. O que sirva de cambio de mentalidad. O a saber.
Fin












