Viaje en globo, viaje a ninguna parte. ¡Ni falta que hace! Con salida concertada tras el madrugón festivo y con destino incierto, comienza este alocado desafío en un medio de transporte tan poco habitual en estos tiempos inmersos en unas prisas innecesarias y equívocas que merman sobremanera la escasa vida de la que disponemos.
Ciento setenta euros, por poco más de dos horas, puede parecer caro o barato si tenemos en cuenta que la aventura para nosotros comenzó desde el mismo momento en que se realizó la reserva anticipada, pagada por bizum a la empresa “Extremadura en Globo, S. L.” y se prolongó hasta el momento de redactar este artículo.
Ilusión desde el día anterior e intranquilidad en el descanso nocturno previo a nuestro vuelo iniciático, sacramento primigenio del bautismo eólico donde el agua del Jordán se sustituye por el aire caliente, emulando a los hermanos Montgolfier en la francesa población de Annonay, el día cuatro de junio de 1783.

Demostración realizada en el Palacio de Versalles, con la presencia del rey Luis XVI y la reina María Antonieta, Reyes de Francia, Navarra, copríncipes de Andorra y último monarca absoluto antes de la caída de la monarquía por la Revolución Francesa de 1789 y perecer decapitados en la guillotina.
Recordar en este punto del internacional recorrido que, los primeros aeronautas de la historia fueron Jean François Pilâtre de Roziers y el Marqués d´Arlande quienes, tras aquel primer vuelo sobre París, celebraron el feliz acontecimiento brindando con champagne y desde ese momento se mantiene la tradición invitando a clientes, espectadores y a los sorprendidos propietarios de las tierras donde azarosa y buenamente se aterriza, sin pedir permiso.
Siete y media de la mañana, quince intrépidos pasajeros en la canasta, en una de las cestas de juncos tejidas a mano por coetáneos mercheros asiáticos, modernas celdas quinquilleras del efímero y al tiempo eterno tránsito en su libre deambular que, frágiles en apariencia, llevan más de dos siglos siendo resistentes al peso de clientes y piloto.
Partimos desde el Pico de Badajoz, cercano a la mayor alcazaba de Europa, monumento árabe que, desde nuestro punto de vista, debería ser el buque insignia de esta bella y desconocida ciudad deficitaria o mejor aún tímida, en lo que a promoción turística se refiere.
Maravillosa experiencia la que nos permite observar el amanecer desde una ubicación tan privilegiada al tiempo que disfrutamos, a vista de pájaro, de los numerosos monumentos y lugares de interés de esta ciudad que apenas despierta, se despereza y bosteza en esta mañana de domingo.
Veintiún kilómetros por hora de velocidad media, sensación de leve ingravidez, sin prisa en este vuelo que nos lleva hasta tierras de la vecina Portugal y apenas aterrizamos se inicia el anunciado y prometido desayuno extremeño del que participa el capataz de los asombrados jornaleros lusitanos, afanados en terminar la campaña de recogida del tomate, saltándose el precepto católico del séptimo día.

Al ya consabido, tradicional y nacional cava le acompaña una bandeja individual de manjares selectos de cerdo ibérico extremeño que ponen el broche de oro a una experiencia inolvidable y que sin duda repetiremos.
Nuestro agradecimiento al experto piloto José Miguel, quien ha ejercido de “Juan Bautista” oficiante en el grato suceso hoy acaecido, por sus anécdotas, destreza y amabilidad consiguiendo que una travesía, “a priori” no exenta de peligro, haya trascurrido con una sensación plena de seguridad gracias a su pericia y a pesar de exponernos a los antojos de los vientos predominantes.
Por último, recibimos un grato regalo, un video del viaje enviado por la tarde a los teléfonos móviles que agradecemos y nos refuerza en nuestra determinación de recomendar a nuestros lectores los quehaceres de este equipo humano, orgullo de su profesión.













