María Guardiola promete darnos grandes tardes de gloria. La próxima presidenta de la Junta de Extremadura dice ahora, una vez ha firmado el pacto de investidura y de gobierno con Vox, que sigue pensando lo que dijo el 20 de junio con respecto a la formación de Ángel Pelayo Gordillo Moreno, es decir, que es un partido que no condena la violencia machista, que utiliza el trazo gordo, que demoniza a los inmigrantes y que pone una lona y tira a la basura la bandera LGTBI. Lo dijo el 20 de junio, después de perder la Asamblea de Extremadura y lo ha repetido el 5 de julio. Dice ahora Guardiola que su reacción entonces fue «visceral y poco racional», como apuntaba a un medio nacional Alberto Núñez Feijóo, pero que ella, al día de hoy, sigue pensando lo mismo.
Es decir, que deja entrar a su Gobierno a Vox, con la Consejería de Gestión Forestal y Mundo Rural, únicamente porque le hacen falta los cinco votos de los diputados para la sesión de investidura, que de lo contrario naranja de la China. Mientras María Guardiola sea un verso suelto y diga lo primero que se le venga a la mente, este Gobierno no va a funcionar. No, porque no hay un ejercicio de asunción de errores y sí un mucho de soberbia. Lo dijimos cuando las negociaciones: Guardiola no quería a Vox y el tiempo ha demostrado que tampoco hoy lo quiere. Lo que sucede es que Vox es preso también de sus palabras y después de que Ángel Pelayo Gordillo dijese la noche electoral que no iban a permitir gobernar a socialistas ni comunistas y que se perdiese por falta de estrategia la Presidencia y la Mesa de la Asamblea, habrá que aguantar carros y carretas.
De lo que sí deberían estar avergonzados, tanto Guardiola como Gordillo, es de que la negociación del Gobierno de Extremadura se llevase a cabo en Madrid, que tuteló todo el proceso, y no fueran capaces ellos mismos de actuar con mayor amplitud de miras y dejar las rencillas a un lado. Ya se sabe que fue el propio Feijóo el que llamó a Santiago Abascal para ofrecerle una Consejería. El equipo de Bendodo haría el resto.
María Guardiola puede ser una buena presidenta si sabe moderarse; de lo contrario, tirará al traste las esperanzas que en ella han puesto cientos de miles de extremeños. El problema es que su presidencia seguirá estando tutelada por Madrid y por un José Antonio Monago que por mucho pelo que se ponga no se nos despista. Es el anterior presidente del Gobex el principal consejero de la «María de Extremadura» y como ésta siga a pies juntillas sus consejos tendremos más impuestos, más gastos superfluos, menos subvenciones y más paro. Este fue el resultado del Gobex de 2011 a 2015, por no querer acordarnos de que estuvo apunto de vender por 100 millones de pesetas el palacete del presidente en Mérida.
Haría bien la próxima presidenta de la Junta de Extremadura en mantener sus principios intactos, porque lo único que tiene un político es su palabra aunque, como salió en su defensa el presidente andaluz Juanma Moreno Bonilla, en ocasiones hay que dar «marcha atrás», pero que muestre la misma energía que ha mostrado con Vox con todos aquellos, de su partido o de otros, que tratarán de aprovecharse de su vulnerabilidad. María Guardiola ha demostrado, por el momento, que tiene los ovarios gordos como sandías. Lo que sucede es que el calor las arrebata y terminan por tirarse a los cerdos, para que engorden para las matanzas de diciembre.












