Aprovechando que el escritor vallisoletano Miguel Delibes hubiera cumplido ayer ciento dos años (esto del cumpleaños no tiene mucha relación con lo que voy a contar, pero lo pongo) quiero escribir sobre hasta dónde pueden llegar los límites del agradecimiento.
Y no hablo solo de estar agradecido a los buenos momentos de lectura que me dio Miguel Delibes cuando empezaba en esto “del” leer (de los tres candidatos españoles que se decía ganarían en 1989 el premio Nobel de Literatura, mi favorito era Miguel Delibes, segundo Gonzalo Torrente Ballester y tercero, Camilo José Cela, el que se supo vender mejor) sino de Umbral y Delibes (escribo sin red porque aún no tengo ni leí el libro que sacó la editorial Destino sobre correspondencia durante cuarenta y siete años entre los dos escritores).
Quiero escribir sobre que hasta el tipo menos agradecido de todos los tiempos -y más en una sociedad tan líquida y “olvidadiza” como es esta en la que vivimos-, puede ser generoso en reconocer lo que alguien hizo por ti. Y no solo hablo de economía, porque parece ser, Delibes -y Manu Leguineche- ayudaron a Umbral cuando empezó a ganarse la vida como escritor.
La escritora Anna Caballé, que tituló su biografía sobre Umbral como “El frío de una vida”, en la contraportada del libro dice que “encarna mejor que nadie al escritor que ha hecho del individualismo más feroz su norma de vida”.
Y según creo, la gente individualista no es generosa ni agradecida. Por eso -y sin haber conocido de nada a Umbral por lo que es fácil que pueda meter la pata- me atrevo a decir que un caso extremo de agradecimiento es el que demostró a lo largo de su vida Umbral por Delibes, al que pudiera decirse, siempre tuvo presente.
Como Francisco Umbral fue quien literariamente fue gracias a Miguel Delibes busco en el “Diccionario de Literatura” de Umbral la entrada en la que se refiere a Miguel Delibes, confiando en que, como cualquier humano que se precie, rebose generosidad y agradecimiento. Y lo es. Y lo cuenta.
De Delibes -en la entrada más larga del libro-, Umbral dice que hay que sorprenderlo en su rincón, en Valladolid, que fuera de allí es un provinciano. Y habla de sus bellos ojos claros, nobles e irónicos, de su nobleza, serenidad y humildad, “tiene el don humano de la vida, eso que se llamaba don de gentes (…) de elevar espiritualmente a quien le conversa”.
Cada frase es una expresión de agradecimiento de Umbral, el tipo más frío y egoísta, hacia Delibes (“El encuentro más fértil de la edad tardía, es un viejo amigo”).
Y es que el agradecimiento es una actitud vital y no solo una contraprestación, por eso (y aquí me vuelvo como Umbral que escribiera sobre lo que escribiese al final solo hablaba de él) me gusta agradecer los “Me gusta”, likes, comentarios -críticos o no- que hacen (hacéis) a lo que escribo. Gracias.
Nota: ya sé que he estropeado porque de un tema literario como fue la relación entre Delibes y Umbral he saltado a algo más mundano. Menos mal que no me dio por poner la letra del “Agradecido” de Leño (“Si fuera yo capaz de conseguir, tenerte alguna vez, entretenido, hacerte por lo menos sonreír, prometo estarte agradecido, prometo estarte agradecido”) o lo que es peor, la del “Y agradecida, y emocionada solamente puedo decir gracias por venir” de Lina Morgan.












