Aunque en principio no tengan nada que ver, la canción “Yolanda” de Pablo Milanés podría ser la banda sonora original (BSO) de “Jack Frusciante ha dejado el grupo” la novela “adolescente” al estilo “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger o “El lamento de Portnoy” de Philip Roth (más enjundiosa, sexual y divertida) que acabo de leer.
Eternamente Yolanda. Si alguna vez me siento derrotado. Renuncio a ver el sol cada mañana. Rezando el credo que me has enseñado. Miro a tu cara y digo en la ventana. Yolanda. Yolanda. Eternamente, Yolanda.
Hay que ser de mi quinta o más vintage aún, para acordarse de la inolvidable letra de esta eterna canción.
En “Jack Frusciante ha dejado el grupo” de Enrico Brizzi. Dos amigos se llevan muy bien. Él o ella o uno de los dos, quiere más, no se conforma solo con la amistad. Pero ella es guapa y él inseguro. O al revés. O los dos. Qué más da.
Y entonces, en la novela, él se “declara” a ella. Quiere más. Quiere sexo como una prolongación y consolidación lógica de sus sentimientos.
Pero ella dice que mejor estén un tiempo sin verse. La eterna lucha.
Entonces llegan -para él- los sábados de borrachera y los domingos de resaca. Y las campanas (así llama a “fugarse” de clase, hacer pellas, faltar a clases). Y los suspensos.
Él bebe una botella de vodka y piensa que ella no sabe que lo está perdiendo. Ni lo que se está perdiendo por no estar juntos ellos dos. En lo mejor de la vida. Pero no sabe explicarse. Quiere y no puede. El orgullo. La traición. Como la letra de todas las canciones de amor.
Es mi turno. En mi adolescencia, me dejaron todas las amigas o «medio novias» que tuve. Tampoco fueron tantas.
En cuanto veía algo «raro», salía huyendo, lo que aprovechaban, dolidas, humilladas y ofendidas, para dejarme.
Las intenciones de mi amada (de turno), en ese afán posesivo que es amar hasta decir haz conmigo y con mi cuerpo lo que quieras (esos eran los límites del amor) consistían en cambiarme (no hacerme cambiar, “cambiarme”).
Y querían que cambiara de forma de vestir (con lo bonitos que eran los jerséis que me compraba mi madre o los pantalones descosidos por abajo). Y no que bebiera menos sino que no bebiera. Y que mandara al guano (a la mierda) a esos amigos tan dañinos y que se ríen tanto contigo o de ti, cualquiera sabe. Y para qué tanto deporte que te vas a romper la cabeza. Y leer, que te vas a quedar medio ciego.
Y yo me preguntaba ¿y entonces qué le gusta de mí a esta persona si me quita lo que soy? ¿Para esto aprendí de jovenzuelo algunos poemas de Gustavo Adolfo Bécquer o de Pedro Salinas que me gustaban más?
Era el amor adolescente que es lo que más duele. El que te hace sentir derrotado. El que todo lo puede.
Y renunciar a ver el sol por la mañana (más que nada por la resaca). E imaginaba tu cara, tu cuerpo, tus gestos, tus manos, tu sonrisa, en esas tardes de otoño, lluviosas, tras los cristales de mi ventana, eternamente (X. o Y o Z) y pensaba que pensabas en mí sin saber que el amor es eterno mientras dura.
De todo esto va “Jack Frusciante (el guitarrista de Red Hot Chili Peppers se llamaba John, John Frusciante) ha dejado el grupo» de Enrico Brizzi.
Una historia de amor como tantas que dolieron y se olvidaron aunque uno las guarde en el corazón eternamente. Como la de Pablo Milanés que en 1970 inspirado en su segunda esposa, Yolanda Benet escribió esos versos unos diez días después de que naciera Lynn, la primera de las tres hijas en común de la pareja. Tuvieron tres hijos y a los seis años de casados se separaron, pero eso es, otra historia.
Fin.












