Las Costus eran algo mayores que los demás y venían del mundo jipi. No sé cómo convirtieron su casa en la calle de la Palma 14 de Madrid en el centro de la Movida madrileña ochentera, pero así fue.
Ellas vivían desde 1977 en esa zona de Madrid, cerca de la calle Malasaña, donde Manuela Carmena tenía la tienda Zapatelas, que visité un día. En esa tienda se vendía ropa infantil, zapatillas, patucos, muñecas de trapo y juguetes fabricados por gente privada de libertad. Digo vendían porque ha cambiado de ubicación.
Después de un poco de chismorreo del bueno, continúo con las Costus.
Las Costus eran novios desde 1974, su historia es dura. Ser homosexuales en los años setenta del siglo pasado significaba, por ejemplo, que “Los Guerrilleros de Cristo Rey”, les dieran alguna que otra paliza.
Ellos, Enrique Naya y Juan Carrero que así se llamaban las Costus (Costus porque eran costureras, además de artistas, pintoras y artistas plásticos) naturalizaron y normalizaron las relaciones de pareja homosexuales.
Cuando hablo del deporte nacional me refiero a que en su casa, en la que vivía también Fabio MacNamara y eran asiduos Tino Casal, Pedro Almodóvar -que llegó a rodar escenas de sus dos primeras películas en la calle de la Palma 14-, Olvido Gara, Carlos Berlanga, Javier Furia, es decir, la gente que fue el germen de la Movida madrileña que luego crearon Kaka de Lux, Alaska y los Pegamoides, Radio Futura y otros grupos, se chismorreaba. Y mucho.
Se hacía el fino arte de hablar mal de los demás, pero no al estilo “la vieja del visillo”, sino algo más fino: cuando alguien se largaba, empezaban a sacarle los trapos sucios. Daba igual quién fuera., cotilleaban, sacaban a relucir los trapos sucios, secreteaban, comadreaban. Ni se daban cuenta de que en cuánto se fueran, también hablarían mal de ellos.
Este deporte nacional, no sé si solo español, se da en todas las capas sociales y a cualquier edad. Recuerdo a una amiga setentona que me contó que ella y sus amigas de toda la vida quedaban muchas tardes para tomar café. Café que duraba horas bajo la atenta mirada de los camareros. Ninguna se quería ir porque sabían lo que le esperabas, verse despellejadas. Al día siguiente, en un alarde de suprema hipocresía, volvían a quedar.
Yo en broma conté una vez que mi alcoholismo procede -no he sido alcohólico nunca, no hace falta decirlo- de cuando después de jugar a fútbol sala hacíamos el llamado tercer tiempo que consistía en ir a beber cerveza al bar Pajares que es el que patrocinaba al equipo.
Entre quintos de Águila, Cruzcampo o Mahou empezábamos a comentar el partido…hasta que se iba uno y empezábamos, más o menos en broma, a hablar mal de él. Que si no la suelta, que es un chupón, que no defiende. Luego se iba otro: no corre, no defiende…
Tales comentarios daban pie a que, para que no hablaran mal de mí, me quedara el último en el bar, bebiendo cerveza, claro.
La frase favorita de “la vieja del visillo” de José Mota era: ”Te pido por Dios que no cuentes ná, que ya lo cuento yo tó”. Sobre todo cuando no esté el “doliente” presente, añado. Eso es.
Muchas veces hablamos mal de otros por sentirnos parte del grupo más que por envidia o por prejuicios, que también, sin darnos cuenta de lo insano que es.
Por otra parte, la historia de las Costus es triste, murieron los dos muy jóvenes, en 1989. El 4 de mayo falleció Enrique Naya por el SIDA. Un mes después, Juan Carrero se suicidó, el dolor de la pérdida del amor pudo con él.
Libros de los que saqué datos de Las Costus:
“Dios salve a la Movida” de Silvia Grijalba (Editorial Espejo de Tinta)
“Ángeles de Neón” de Juan Carlos de Laiglesia (Editorial Espasa)
“Madrid sí fue una fiesta” de Javier Menéndez Flores (Libros Cúpula)












